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Fabiola Leiva Cañete: cultura y ruralidad para imaginar futuros sostenibles

¿Qué lugar ocupa la cultura en nuestras vidas? ¿Cómo puede contribuir a fortalecer los territorios y qué podemos aprender de las comunidades rurales para construir nuevas formas de participación y desarrollo? Estas fueron algunas de las preguntas que guiaron un nuevo episodio de Cultura en Iberoamérica: conversaciones desde Bogotá, un espacio de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá para dialogar sobre los desafíos y posibilidades de la cultura en Iberoamérica.

En esta ocasión, Natalia Sefaír conversó con Fabiola Leiva Cañete y Pablo Díaz Mix, gestores, investigadores y consultores culturales de Chile, quienes han trabajado durante años en procesos territoriales relacionados con cultura, ruralidad, patrimonio biocultural y creatividad. En la conversación también participó Felipe, director de Asuntos Locales y Participación de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte.

El diálogo permitió abordar la relación entre cultura y territorio, las nuevas ruralidades, la participación comunitaria y la necesidad de construir políticas culturales capaces de reconocer la diversidad de experiencias que existen tanto en los espacios rurales como urbanos.

¿Para qué la cultura?

La conversación comenzó con una pregunta que atraviesa buena parte de las reflexiones sobre el papel de la cultura: ¿para qué la cultura?

Para Pablo Díaz Mix, una de las discusiones fundamentales está relacionada con entender si la cultura debe ser considerada una herramienta para alcanzar otros objetivos o si tiene también un valor propio:

“Muchas veces (...) tiene que ver con si la cultura debe ser una herramienta. Hay algunos que creen que sí, que por supuesto que la cultura es una herramienta (...) que permite eventualmente catalizar procesos de distinto tipo. Pero hay quienes creen que la cultura es un fin en sí mismo, que la cultura tiene un valor intrínseco”.

Fabiola Leiva Cañete propuso, por su parte, reformular la pregunta y pensar también en el porqué de la cultura. Desde su perspectiva, la cultura está estrechamente vinculada con la vida cotidiana y con la manera en que las personas construyen sentido en sus territorios:

“La cultura está en el centro de la vida, no es el único centro, pero hay un centro de vivir para mí conectado con cultura”.

Esta mirada permite comprender la cultura no solamente desde sus resultados o sus posibles usos, sino como una dimensión presente en las formas de habitar, relacionarse y construir comunidad.

Cultura y territorio: una relación que se transforma

La relación con el territorio fue uno de los ejes centrales de la conversación. Tanto Fabiola como Pablo han desarrollado buena parte de su trayectoria profesional en procesos de gestión cultural vinculados con territorios rurales y urbano-rurales.

Para Pablo, acercarse a estos territorios también supone reconocer una dimensión afectiva que muchas veces permanece invisible:

“Cualquiera de nosotros, si mira hacia atrás un par de generaciones, lo que encuentra ahí es una memoria afectiva conectada a los territorios rurales”.

Esta conexión resulta especialmente relevante en un momento en que las ciudades continúan creciendo y transformándose. Para los invitados, la ruralidad no debe entenderse como un espacio aislado o separado de las ciudades, sino como parte de un continuo territorial en el que existen múltiples relaciones.

“La ruralidad no entendida como un sistema cerrado, cierto, más bien como una suerte de dimensión continua que está presente en los territorios urbanos”.

Esta perspectiva adquiere especial relevancia para Bogotá, una ciudad en la que amplias zonas del territorio tienen características rurales y en la que las relaciones entre lo urbano y lo rural hacen parte de su diversidad territorial.

Aprender de las comunidades y sus territorios

Una de las reflexiones centrales del episodio estuvo relacionada con la necesidad de cambiar la manera en que se construyen los procesos culturales en los territorios. Para Fabiola Leiva Cañete, acercarse a las comunidades implica observar una complejidad que muchas veces no aparece en las aproximaciones tradicionales a la gestión cultural:

“Cuando nos acercamos a las experiencias territoriales (...) lo que empezamos a observar es una complejidad interesante y relevante en esas experiencias donde hay continuidad (...) donde hay intersectorialidad”.

Esto significa reconocer que la cultura no ocurre de manera aislada. En los territorios se relaciona con asuntos ambientales, económicos, sociales, patrimoniales, educativos y comunitarios. Por ello, la experiencia territorial también puede transformar las propias metodologías de quienes trabajan en gestión cultural:

“Lo experiencial para nosotros ha sido vital para comprender e intentar hackear nuestras propias posiciones, visiones y metodologías de trabajo en esta gestión cultural”.

Más que llevar respuestas predeterminadas, la invitación es a escuchar, acompañar y reconocer los conocimientos que ya existen en las comunidades.

Imagina Rural: cultura para construir futuros sostenibles

Estas reflexiones se relacionan directamente con Imagina Rural, proyecto en el que participan Fabiola Leiva Cañete y Pablo Díaz Mix y que busca generar espacios de reflexión, diálogo y diseño alrededor de los futuros de los territorios rurales. Pablo explicó que el proyecto se plantea como una plataforma para pensar nuevas posibilidades:

“Imagina Rural es una plataforma de reflexión, diálogo y diseño de futuros rurales sostenibles”.

Uno de sus componentes es un laboratorio de futuros rurales sostenibles, concebido como un proceso de fortalecimiento de capacidades, experimentación, diseño y prototipado de proyectos desarrollados por organizaciones y colectivos de territorios rurales y urbano-rurales.

El proyecto también ha propiciado diálogos entre experiencias de diferentes lugares de Iberoamérica, poniendo en común iniciativas de España, Colombia y Chile relacionadas con identidad territorial, patrimonio biocultural, creatividad y sostenibilidad. El objetivo, explicó Pablo, es:

“Abrir un espacio de discusión, de diálogo, de debate en torno a las nuevas dinámicas que están experimentando los territorios rurales y (...) construir nuevas narrativas, nuevos imaginarios que nos permitan imaginar futuros rurales más sostenibles”.

Bogotá y el desafío de reconocer su ruralidad

Durante la conversación, Felipe destacó la importancia de comprender que la ruralidad también hace parte de la identidad de Bogotá. Esta mirada plantea un desafío para las políticas culturales: reconocer las particularidades de cada territorio y evitar que las estrategias diseñadas para la ciudad desconozcan sus diferencias. Desde su experiencia en los laboratorios de cocreación desarrollados en Bogotá, señaló la importancia de escuchar las formas en que las propias comunidades nombran y entienden sus territorios.

Un ejemplo surgió de un proceso desarrollado en la ruralidad de Ciudad Bolívar:

“Nos decían (...) que no vamos a hablar de barrios vivos ni ninguna experiencia de cocreación de ese tipo, sino que vamos a hablar es de veredas vivas”.

Para Felipe, estas expresiones muestran que las políticas culturales deben partir de las características de cada territorio y de las formas en que sus comunidades se reconocen y se narran.

“Es sumar a la heterogeneidad de lo que es Bogotá y de lo que es la ciudad (...) tratar de buscar la identidad o cómo nos identificamos nosotros”.

La ruralidad, entonces, no aparece como algo externo a la ciudad, sino como una dimensión que hace parte de su identidad y de sus múltiples formas de habitarla.

¿Para quién es la cultura?

La conversación cerró con otra pregunta fundamental: ¿para quién es la cultura?

Pablo Díaz Mix señaló que los territorios rurales enfrentan desigualdades históricas relacionadas con el acceso a servicios, incluidas las posibilidades de participación en la vida cultural. A estas se suman nuevos desafíos como la brecha digital y los efectos del cambio climático. Pero también planteó que las comunidades rurales poseen conocimientos y capacidades que pueden aportar a la construcción de nuevas formas de participación:

“Los territorios rurales y las comunidades rurales tienen un bagaje, un acervo de creatividad, inteligencia territorial que nos puede aportar para precisamente diseñar nuevas estrategias de participación y democracia cultural”.

Esto supone pasar de una lógica centrada únicamente en llevar servicios culturales a los territorios a otra que también reconozca y valore los saberes, prácticas y capacidades que ya existen en ellos. Para Fabiola, incluso la pregunta sobre los destinatarios de la cultura puede ser reformulada:

“Creo que el para quién la cultura es como para con quién, con quién la cultura”.

Desde esta perspectiva, la cultura se construye en relación con las comunidades y a partir de los asuntos que atraviesan la vida cotidiana.

“La cultura como este espacio de encuentro, como ese espacio de fricción también (...) donde dialogamos y tensionamos asuntos de la vida”.

Una cultura para la vida común

Las reflexiones del episodio apuntan hacia una concepción de la cultura como un proceso territorial, comunitario, sistémico y participativo. Una cultura que no se limita a los espacios tradicionalmente asociados con las artes, sino que se relaciona con la alimentación, el patrimonio, el ambiente, las formas de habitar y las relaciones entre las personas.

Para Fabiola, uno de los grandes desafíos actuales consiste precisamente en lograr que la cultura tenga sentido para todas las personas:

“Necesitamos impulsar esta visión holística (...) porque creo que esto necesita tener sentido para todas y todos”.

En el caso de las ruralidades, esto implica reconocer sus particularidades, aprender de las comunidades y construir procesos que no pongan en riesgo aquello que históricamente ha permitido sostener sus formas de vida. Esta preocupación está presente en la pregunta que actualmente acompaña el trabajo de Pablo:

“¿Cómo somos capaces de colaborar (...) con el diseño y la construcción de estos futuros rurales sostenibles sin poner en riesgo todo aquello que ha sostenido a las comunidades rurales hasta ahora?”.

Para Fabiola, la pregunta se conecta con el propio nombre de Imagina Rural y con una tarea que considera fundamental para la gestión cultural contemporánea:

“Cómo desde la cultura imaginamos presentes, futuros, en conexión con el pasado, posibles”.

Pensar la cultura desde los territorios implica, entonces, reconocer las memorias, capacidades y conocimientos existentes, fortalecer la participación y abrir espacios para imaginar colectivamente otros futuros.

En Bogotá, esta perspectiva representa también una oportunidad para seguir reconociendo la diversidad de sus territorios y para fortalecer una gestión cultural que dialogue con las comunidades, tanto urbanas como rurales, y que entienda la cultura como parte fundamental de la construcción de una vida común.



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