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Lucina Jiménez: la cultura como semilla para imaginar futuros posibles

¿Para qué la cultura? Para respirar, ser, convivir y construir futuros imaginables, deseables y viables. Así respondió Lucina Jiménez, directora general de Formación y Gestión Cultural de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, al inicio de un nuevo episodio de Cultura en Iberoamérica: conversaciones desde Bogotá.

En esta conversación, Jorge Melguizo dialogó con una de las voces más reconocidas de Iberoamérica en políticas culturales, gestión cultural, derechos culturales y educación artística. Desde México, Lucina Jiménez compartió reflexiones sobre el papel de la cultura en la construcción de futuros, la diversidad de América Latina, las migraciones, la educación artística, los territorios culturales y el ejercicio de los derechos culturales.

A lo largo del episodio apareció una idea transversal: los futuros no son únicamente aquello que está por venir, sino que comienzan a construirse desde el presente y desde las decisiones que tomamos hoy.

La cultura para respirar, ser y convivir

La conversación comenzó con una pregunta que ha acompañado los episodios de Cultura en Iberoamérica: conversaciones desde Bogotá: ¿para qué la cultura? Para Lucina Jiménez, la cultura tiene que ver con dimensiones esenciales de la vida:

“La cultura para poder respirar, la cultura para poder ser, la cultura para poder convivir y la cultura para poder tener futuros imaginables, deseables, viables”.

Esta definición conecta la cultura con la posibilidad de construir otras formas de vida y de relacionarnos. No se trata solamente de pensar en el futuro como una meta distante, sino de reconocer que las decisiones culturales del presente tienen efectos en los territorios y en las generaciones que vienen.

“Para mí el futuro comienza en el aquí y el ahora. No es algo que puedas simplemente mirar como algo utópico, aunque siempre hay que moverse por las utopías, pero los futuros comienzan en el aquí y el ahora”.

Desde esta perspectiva, las políticas y acciones culturales requieren una mirada de largo plazo: aquello que se decide hoy puede transformar las posibilidades de las comunidades dentro de cinco, diez o quince años.

La diversidad cultural de América Latina como una fortaleza

Al hablar de los futuros desde la cultura, Lucina Jiménez destacó la diversidad cultural y la vitalidad de América Latina como algunas de sus mayores fortalezas.

“Latinoamérica es una de las regiones más ricas, más diversas, más poderosas del mundo”.

Para la gestora cultural, las memorias históricas, las realidades contemporáneas y la diversidad de los pueblos latinoamericanos constituyen una riqueza que debe ser reconocida y puesta en valor.

“Creo que lo más importante es su vitalidad. La vitalidad que tienen los pueblos de América Latina es en verdad inimaginable, es inmensa y yo creo que esa riqueza es precisamente la que tenemos que poner en valor”.

Esta mirada también permite comprender la cultura como un espacio de encuentro entre distintas identidades, historias y formas de habitar el mundo.

Migrar también es aportar diversidad

Uno de los conceptos que define a Lucina Jiménez es “migrante”, aunque nació y vive en Ciudad de México. Para ella, esta palabra expresa su capacidad de transitar por diferentes mundos y enriquecerse de ellos.

“Porque puedo transitar por diferentes mundos y habitarlos de una manera en donde creo que se pueda sembrar siempre”.

La migración, desde su perspectiva, también representa una oportunidad para el intercambio cultural y la construcción de nuevas identidades:

“La migración (...) va aportando esa diversidad cultural que hoy somos, la enriquece a donde quiera que vaya”.

Esta reflexión adquiere especial relevancia en ciudades que experimentan transformaciones demográficas, desplazamientos y nuevas formas de movilidad. Las culturas contemporáneas son cada vez más híbridas y transfronterizas, y las políticas culturales enfrentan el desafío de reconocer estas transformaciones.

Cultura y educación: un derecho para todas las personas

La relación entre cultura y educación ha atravesado buena parte de la trayectoria profesional de Lucina Jiménez. Para ella, la educación artística no debe estar dirigida únicamente a quienes desean desarrollar una carrera profesional en las artes.

“Cada vez más hay conciencia de que incluso la educación en artes es una puerta para los derechos culturales, no solo para las personas que quieren dedicarse profesionalmente a la producción o a la difusión artística, sino en realidad es un derecho humano”.

Esta perspectiva amplía la comprensión de la educación artística: las personas tienen derecho a desarrollarse mediante diferentes lenguajes, expresiones y formas de comprender el mundo.

Uno de los desafíos que identifica es fortalecer la formación docente y aprovechar el conocimiento producido en las aulas y en los territorios.

“Nos hace falta mucha sistematización de conocimiento”.

Para la investigadora, también es fundamental fortalecer el diálogo entre generaciones. Las nuevas generaciones tienen otras formas de relacionarse con las artes, la tecnología y los territorios, mientras que generaciones anteriores poseen experiencias que es necesario preservar y compartir.

“Hoy estamos en un momento en donde convivimos cinco generaciones (...) que nos relacionamos de manera distinta con las artes, con la tecnología y con el territorio”.

Los territorios culturales y el patrimonio vivo

La conversación también permitió profundizar en una de las preocupaciones actuales de Lucina Jiménez: los territorios culturales y las transformaciones que experimentan las ciudades y comunidades. En este contexto, la gestión de los recursos bioculturales aparece como una posibilidad para reconocer los saberes y conocimientos de los pueblos y fortalecer sus patrimonios vivos.

Una de las iniciativas mencionadas fue Cultiva México, un portal de buenas prácticas impulsado desde la Secretaría de Cultura del Gobierno de México para reconocer experiencias culturales desarrolladas en los territorios. Para Lucina, estas iniciativas permiten visibilizar a las personas y comunidades que sostienen cotidianamente procesos culturales:

“Yo creo que uno va sembrando y los procesos mismos, la gente se apropia y va colaborando de tal suerte que tú terminas siendo justo solamente un puente”.

Esta idea de la cultura como una práctica colectiva se distancia de los protagonismos individuales y pone en el centro la capacidad de las comunidades para apropiarse de los procesos, transformarlos y darles continuidad.

“Yo no creo en los protagonismos individuales porque creo que hoy en día los protagonismos han de ser colectivos”.

Del patrimonio cultural al patrimonio vivo

En la conversación, Lucina recordó también una experiencia junto al artista mexicano Francisco Toledo, relacionada con la defensa del territorio cultural de Oaxaca. A partir de una conversación sobre los alimentos, las tradiciones y las prácticas culturales de una comunidad, Toledo llegó a preguntarle cómo se denominaba aquello que hacía que las personas reconocieran y valoraran determinadas expresiones de su territorio. La respuesta fue patrimonio cultural inmaterial.

Para Lucina, aquella experiencia permite comprender que el patrimonio no se limita a edificios, monumentos u objetos, sino que también está presente en los conocimientos, prácticas, alimentos, lenguas, músicas y formas de relación que las comunidades mantienen vivas.

“Francisco lo que hizo fue detonar justo ese aprecio y esa valoración del patrimonio cultural vivo, que es una de nuestras tareas hoy contemporáneas en las que hemos de trabajar”.

Esta concepción coloca a las comunidades en el centro de la gestión del patrimonio y reconoce su capacidad para preservar, transformar y transmitir sus conocimientos.

Cultura y democracia: construir ciudadanía cultural

Otro de los grandes temas de la conversación fue la relación entre cultura y democracia. Ante un contexto de fragilidad democrática y profundas transformaciones sociales, Lucina Jiménez planteó la necesidad de fortalecer las ciudadanías culturales desde los territorios.

Para ello, considera necesario superar una idea según la cual la cultura simplemente se lleva de un lugar a otro:

“La cultura no se lleva, ya la traes, estás construyéndola todos los días”.

El desafío, entonces, consiste en generar las condiciones para que las personas conozcan sus derechos, tengan herramientas para ejercerlos y participen activamente en las decisiones que afectan sus territorios.

“Es una ciudadanía documentada, con una ciudadanía con herramientas, con conocimiento de leyes, de procedimientos, de recursos y al mismo tiempo con espacio de libertad”.

Desde esta perspectiva, la democracia cultural no puede quedarse únicamente en grandes programas o políticas nacionales. Debe tener una expresión concreta en los territorios y en la vida cotidiana de las comunidades.

Justicia cultural: pasar de la inclusión a los derechos

Al preguntarle a quiénes está dejando por fuera la cultura, Lucina propuso cambiar nuevamente la pregunta. Más que pensar únicamente en inclusión, planteó hablar de justicia cultural.

“Yo creo que es que no hay que llegar justo, cambiar ese paradigma (...) lo que necesitamos es justicia cultural y justicia cultural tiene que ver con derechos, ni siquiera con inclusión, tiene que ver con derechos”.

Esta mirada pone en primer plano los derechos de poblaciones que históricamente han enfrentado barreras para participar plenamente en la vida cultural. Derechos de las personas con discapacidad, de las mujeres, de las infancias y de las juventudes, entre otros, hacen parte de una concepción de ciudadanía cultural basada en la posibilidad efectiva de ejercer derechos.

Para Lucina, el reto consiste en generar condiciones que permitan equilibrar las desigualdades sin abandonar la idea de que los derechos culturales son universales.

Escuchar para construir nuevos futuros

Uno de los mensajes que atraviesa la conversación es la necesidad de transformar las formas de hacer gestión cultural. Para Lucina, esto implica abandonar algunas certezas, escuchar a las comunidades y reconocer que existen conocimientos que no necesariamente provienen de los espacios institucionales o académicos.

“Necesitamos mucha humildad porque hay que escuchar, hay que escuchar, hay que escuchar, hay que escuchar”.

En los territorios, explica, existen experiencias capaces de transformar la vida de las comunidades y de ofrecer nuevas respuestas frente a desafíos contemporáneos. Por eso, las políticas culturales necesitan acercarse a esos procesos no solamente para intervenirlos, sino también para aprender de ellos.

La cultura como semilla de futuros imaginables

Al cierre de la conversación, Lucina Jiménez compartió una de las preguntas que actualmente orientan su trabajo: cómo visibilizar los aportes de las mujeres que trabajan desde los activismos en el arte y la cultura alrededor de temas como la migración. Pero también habló de otra preocupación: cómo construir sistemas que permitan comprender los impactos de los proyectos culturales no únicamente desde las cifras, sino desde sus transformaciones cualitativas.

“Cómo construir la orografía de los proyectos culturales para poder ver los relieves”.

Son preguntas que, reconoce, no siempre tienen respuestas inmediatas. Sin embargo, para ella la creación de nuevas preguntas también es una forma de avanzar.

“A veces lo más importante es crear la pregunta”.

Su manera de entender la gestión cultural se resume en una imagen: la labor de las hormigas, que avanzan colectivamente, construyen poco a poco y sostienen procesos que pueden trascender a quienes los iniciaron.

“Por eso creo en la labor de las hormigas, vamos tejiendo y construyendo y pues haciendo futuros”.

Las reflexiones de Lucina Jiménez invitan a comprender la cultura como una fuerza viva que se construye en el presente, reconoce la diversidad de los territorios, fortalece los derechos y permite imaginar otros futuros. La cultura puede ser también el espacio desde el cual las comunidades respiran, conviven, crean, se reconocen y construyen colectivamente las posibilidades de lo que está por venir.



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